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el proceso de mediación

Un breve punto de vista sobre el proceso de mediación y sus fases.

Por Pedro J. Morilla Pérez

Los procesos, entendidos como conjuntos de fases sucesivas, son tan abundantes que hasta nuestra propia vida constituye un auténtico proceso. Los procesos, entendidos como acción de ir hacia delante, se caracterizan, o deben caracterizarse, por su flexibilidad. No hay una mejor garantía para el éxito de un proceso, para su avance, que la flexibilidad. La ausencia de encorsetamientos o rigideces. El proceso de mediación no es una excepción en cuanto a esto. Es un proceso flexible, lo que no excluye que, como en todos los demás, puedan diferenciarse o establecerse en él unas fases. Así, hablamos de una fase de «premediación», de una fase inicial, -comprensiva de la sesión informativa y de la constitutiva-, de una fase de definición, análisis y legitimación, de la subsiguiente de búsqueda de intereses y generación de opiniones, y de una última fase en la que se selecciona una opción, la mejor de las propuestas, y se alcanza un acuerdo que es debidamente redactado en un acta final.

Al examinar un proceso, en este caso el de mediación, podemos caer en la tentación de dar un mayor valor a alguna de sus fases sobre la otras. De elegir entre ellas, en vez de analizarlo en su conjunto, como un bloque. No es extraño. Muchas veces en la vida nos sentimos, o nos creemos, forzados a elegir, cuando hacerlo es tan innecesario como dar respuesta a esa pregunta estúpida que todos hemos escuchado en alguna ocasión y que es el colmo del retorcimiento en la obligación de escoger: ¿a quién quieres más a papá o a mamá?.

Es por ello que decantarse en el de mediación por privilegiar o destacar una de sus fases es, exagerando, suicida, como lo es, insisto en la exageración, hacerlo en cualquier ámbito de la vida que se desarrolle en un proceso. Tomemos como ejemplo, sin ánimo de banalizar la cuestión, uno tan cercano, en este mundo actual tan alejado de disquisiciones intelectuales como el “deporte rey».   

 

 

Somos un centro de mediación de conflictos y una escuela de formación

Una jugada es un proceso, al menos desde mi punto de vista. Puede comenzar por la recuperación de un balón por parte de un defensa entregado, pero de escasa calidad técnica, o con un pase acertado de un centrocampista. A eso puede sucederle una combinación brillante que ponga en ventaja a un compañero que, a su vez, acierte a colocar un centro “de dulce” para que la estrella del equipo remate a placer y de la victoria. Por supuesto, la gloria la alcanza el rematador. No podemos negarlo. Pero si profundizamos, si analizamos la jugada, no habría gloria, ni gol, si no hubo recuperación o pase inicial, si la combinación que siguió no fue brillante, sino torpe, o si el generoso compañero que puso un centro de gol, la hubiera pifiado en su toque.

Tampoco si la estrella del equipo hubiera errado en el remate final. Es obvio que, siguiendo el ejemplo, – burdo, si se quiere-, cualquiera se quedaría con ese último remate glorioso, es decir, en nuestro caso, con la fase de selección de la mejor opción y redacción de un acuerdo. En definitiva, sin “remate” no habría acuerdo. Pero tampoco lo alcanzarían si no hubo recuperación o pase inicial, es decir, fase de «premediación» o fase inicial, o si la combinación acertada en el centro del campo, “fase cuéntame”, fracasó. De la misma forma, si el centro final fue un error, -fase de búsqueda de intereses y generación de opciones-, no habría remate exitoso, esto es, acuerdo. Cualquier fase, por tanto, es importante. Sin voluntad de las partes, «premeditación», no habría proceso. Sin sesión inicial y sesión constitutiva, tampoco. Si la fase «cuéntame» resulta un cuento, todo se iría al garete…, y así sucesivamente.

El proceso de mediación debe observarse como un bloque, valorando cada una de sus fases desde una visión conjunta, aprovechando el mediador cada una de ellas para afinar sus sentidos, para, desde el principio y en el resto del proceso,  recabar información, analizar y, lo que es más importante, legitimar a las partes, algo que sosiega el conflicto y hace posible alcanzar una definición del problema aceptada por la partes. Esa visión global, sin preferencias, facilita, -o centra, al menos-, la tarea del mediador y, en definitiva, las posibilidades de éxito en la resolución del problema.

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